Autor: Claro W. Estrada Bisbe
Psicopedagogo de “Un Pas Més”
El cerebro,
tiene la particularidad de que, pese
a estar en gran parte programado genéticamente, puede experimentar tanto
cambios funcionales como estructurales por influencias endógenas y exógenas.
El ser humano
nace con menos de un tercio de la capacidad cerebral adulta y después del
nacimiento, se observa que la corteza y todo el sistema nervioso central crecen
rápidamente, por efecto directamente del ambiente y las experiencias recibidas.
En el momento
del parto, el ser humano que nace trae consigo un cerebro que ha de crecer y
desarrollarse con una capacidad potencial que le permitirá establecer los
mecanismos adecuados para recibir y manejar los estímulos externos e internos,
en una forma mucho más avanzada que el resto de los animales.
La experiencia
de vivir interactuando intensamente con el ambiente, es el elemento básico que
condiciona el desarrollo cerebral. Aunque el comportamiento instintivo pueda
aparecer, incluso en ausencia de experiencias, no sucede lo mismo con la
actividad mental superior.
La experiencia,
el entrenamiento y posteriormente, el material simbólico que el niño recibe a
través del lenguaje y la educación, le permitirán ir transformando su
estructura y organización cognoscitiva.
De esta forma,
la calidad de relación del niño con su ambiente durante los primeros años de
vida, será determinante, tanto para su desarrollo intelectual como para el
desarrollo de los patrones básicos de su personalidad.
Es lógico pensar
que en la formación integral del ser humano, los tres primeros años de vida son
decisivos para su menor o mayor adaptación al medio.
Alrededor de la
educación del niño giran un grupo de factores que se dan en el seno de la
familia, la escuela y la sociedad. El amor que recibe, la cantidad y calidad de
alimentos que ingiere y el ambiente socio-cultural en el que se desenvuelve,
juegan un papel de primer orden en la vida del niño pequeño.
Hay que afirmar
que el niño es un ser con personalidad propia y como tal necesita una atención
específica. Un niño no es, de ninguna manera, un hombre adulto a escala, ni
tampoco alguien totalmente distinto a todo lo que aceptamos propiamente como
humano.
Plasticidad cerebral e importancia.
La plasticidad
cerebral es la posibilidad de modificación estructural y funcional de las
neuronas por su uso o desuso.
La plasticidad
cerebral se refiere a la adaptación que experimenta el sistema nervioso ante
cambios en su medio externo e interno, además puede reflejar la adaptación
funcional del cerebro para minimizar los efectos de las lesiones estructurales
y funcionales (Aguilar Rebolledo, Francisco, 1998).
Como señalan
Mulas y Hernández (2004), la plasticidad cerebral es el principio de
organización que fundamenta la aplicación de programas de intervención
terapéutica para la recuperación funcional. La plasticidad de las estructuras
nerviosas es un hecho evidente y es la base teórica que respalda la
intervención con programas de atención temprana. Muchos niños afectados por
patologías neurológicas o nacidos demasiado pronto logran un desarrollo
aceptable, a pesar de la existencia de factores de riesgo y mal pronóstico
asociados a su patología o circunstancia.
Sólo sabemos que
en la plasticidad cerebral están implicados tanto factores externos, como la
calidad de la intervención, como factores propios de la ecología del niño
(ambiente familiar que le rodea, factores demográficos, etc.) (Lebeer y Rijke,
2003).
Esta plasticidad
inherente a las células cerebrales permite la reparación de circuitos
corticales, integra otras áreas corticales para realizar funciones modificadas
y responde a diversas afecciones. Así, parece ser que la capacidad del cerebro
para adaptarse a los cambios tiene importante implicaciones en el aprendizaje.
Pero debemos ser conscientes de que la plasticidad es mayor en los primeros
años de vida y que ésta disminuye gradualmente con la edad, por lo que el
aprendizaje y la recuperación se verán potenciados si se proporcionan
experiencias o estímulos precoces al individuo.
Para que el
desarrollo sea adecuado, los estímulos deben de estar presentes en la cantidad,
calidad y momento oportunos, siendo tan nocivos para el sistema funcional,
tanto la hiperestimulación como la estimulación fluctuante, o a destiempo, como
la hipoestimulación.
Podemos destacar
que los procesos mediante los cuales el cerebro del niño e incluso el cerebro
adulto es capaz de repararse y reorganizarse, han sido motivo de investigación
en los últimos años, y a pesar de que queda mucho por comprender, vamos
aproximándonos cada vez más a los mecanismos intrínsecos que rigen el
funcionamiento cerebral.
Benicarló - Castellón, España
3 de septiembre de 2013
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